LA NUEVA DEL INTERIOR – Cecilia Scalisi – septiembre 2007

septiembre 2007

El cordobés Marcelo Alvarez es uno de los cantantes líricos más reconocidos del mundo. Su esfuerzo y la belleza de su voz han sido su pasaje al éxito.

Cada vez que recuerda su llegada a Europa en los años ‘90, “con apenas un par de valijas y un puñado de grandes ilusiones”, Marcelo Alvarez no hace más que asombrarse por la carrera que logró construir en tan poco tiempo. Y, una y otra vez, agradece al cielo por la salud y la energía extraordinaria con las que siempre ha contado. Si bien tenía una vocación importante, confiesa que de chico nunca había soñado con convertirse en una estrella de la ópera. Más bien, dice, hubiera preferido dedicarse a los deportes, que eran su hobby; o a los números, porque le gustaban mucho las matemáticas; o a algún emprendimiento familiar, como la fábrica de muebles que tenía su padre en Córdoba, la cual administraba antes de decidirse definitivamente por la música. Fue su esposa Patricia quien le insistió con el canto y lo alentó tenazmente para que estudiara primero en Buenos Aires y, luego de que fuera rechazado en varias audiciones para ingresar al Teatro Colón, para probar suerte con otros maestros en Europa. En 1994, su encuentro con el legendario Giuseppe Di Stefano (uno de los tenores más famosos del siglo pasado y compañero de escenario de la gran diva de la ópera, María Callas), le confirmó cuál era el rumbo que debía tomar. De allí en más, su vertiginosa historia se ha contado en los medios especializados de todo el mundo. Llegó a Italia y muy pronto comenzó a cantar en los grandes teatros y a llamar la atención de los entendidos. Firmó contrato con una importante discográfica, grabó con éxito varios discos, obtuvo premios y colmó su agenda de compromisos: el Met de New York, La Scala de Milán, la Staatsoper de Viena y de Munich, y el Covent Garden de Londres, entre otros, suelen tener su nombre en las carteleras. De aquellos comienzos recuerda particularmente sus debuts en Génova, Bologna y Módena, la ciudad de Pavarotti. “A partir de allí, mi carrera tomó vuelo y comenzó a hacerse internacional. En 1998 ya había debutado en todos los grandes teatros. Ese fue un año muy especial aunque con un estrés terrible”. Sin promediar todavía los 40 años y sumergido en el vértigo de la vida que lleva hoy, lejos queda para Marcelo la serenidad de su ciudad natal, con los recuerdos de la familia, la infancia, las amistades entrañables y el lugar en el que descubrieron su enorme talento para el canto, la escuela de los Niños cantores de Córdoba Domingo Zípoli.

–¿Cómo es un día típico de trabajo para un cantante de ópera?
Si bien normalmente se dice que los cantantes tienen que dormir mucho, yo me levanto muy temprano. Estudio música, leo los diarios por Internet y a las 9 ya estoy en el teatro para ensayar. A las 10 empieza el trabajo con los maestros, después me voy a comer con los colegas y termino alrededor de las 20. Cuando son días de función, la complicación pasa por cuidarse muchísimo la salud. Es lo más difícil. Diría que, incluso, es la parte fea de la carrera.

–¿Qué privaciones implica ese intenso cuidado?
Todas, porque a medida que pasan los años, el cuerpo ya no reacciona igual, y el estrés produce graves consecuencias. No se trata solamente de cuidarse de los resfríos, sino de una serie de cosas que también repercuten en el rendimiento del trabajo. Por ejemplo, cuando el hígado no funciona bien, la acidez del estómago empieza a quemar las cuerdas vocales. Si uno no hace ejercicio regularmente, sufre de falta de aire. Si el aparato digestivo no actúa como corresponde, el organismo manda toxinas al corazón y eso afecta de manera inmediata a las cuerdas. Si tomás bebidas muy calientes, la garganta se relaja mucho; pero si las tomás muy frías, también hace mal. No se puede salir cuando está lloviendo o cuando hay demasiado viento, por nombrar algunas. En fin, quedarse durante días encerrado para cuidarse antes de la función no es nada fácil.

–¿Cuál es el costado más atractivo de una carrera con tanta exigencia? 
Creo que la adrenalina es algo maravilloso. Similar, quizás, a la que debe sentir un tenista o un piloto de Fórmula Uno, que del resultado de cada carrera depende la renovación de su contrato. Nosotros estamos expuestos todo el tiempo, cada noche es una audición a partir de la cual nos pueden cancelar producciones futuras. Y eso, sumado a los permanentes viajes, produce una gran carga de estrés. Por eso, cada vez que termino una producción me arrodillo y le doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado.

–¿En qué pensás mientras transcurre la función? 
Estoy muy metido en lo que hago, si me detengo en otros pensamientos y me distraigo pensando en la voz, en la técnica o en otros detalles del canto, me atormento por nada. Trato de seguir el empuje de la historia, y eso me ayuda a avanzar sin demasiadas preocupaciones.

–¿Hay glamour en la ópera de hoy? ¿Ser un tenor famoso implica ser un divo en el ambiente de la lírica?
No al estilo de otras épocas. Hay sopranos (como la Fleming, la Netrebko o la Gheorghiu), que sí le dedican la vida a una imagen glamorosa y están siempre coquetas, llegan al teatro en auto con chofer, se las ve mucho en la televisión… Pero los hombres no estamos todo el tiempo pendiente de la imagen.

–¿Y quiénes son los tenores divos de estos tiempos?
El que está de moda ahora es Rolando Villazón y, desde ya muchos más años, otros como Ramón Vargas o José Cura. ¡Pero no se es un divo así nomás! José, por ejemplo, es un músico múltiple que canta, dirige y todo sabe hacerlo bien. Además es un tipo culto, que le hace honor a la Argentina vaya donde vaya. Trabaja todo el tiempo, no para nunca y cuando está en el escenario, el teatro se llena. Como colega y como argentino, me saco el sombrero por todo lo que hace.

–¿A qué has tenido que renunciar para llegar a ser lo que sos hoy? 
Podría haber hecho muchas más cosas en mi carrera, pero para hacerlas tenía que renunciar a mi familia. En Estados Unidos sólo canto en New York. Lo demás no me interesa porque me lleva mucho tiempo del otro lado del charco sin ver a mi hijo. Hay propuestas que te ponen ante la disyuntiva de elegir entre eso y tu familia, y yo siempre opté por tomarme un avión para estar con mi mujer y mi hijo. Son elecciones de vida y no me he equivocado, elegir lo otro sería vender mi vida: vivir, comer y dormir arriba de un avión, vivir para todos menos para mí… Y cuando pongo las cosas en la balanza, nunca dudo de qué es lo más importante en la vida. Estoy satisfecho porque llegué, creo, a donde tenía que llegar, a lo máximo que he deseado. Lo único que quizás aún desearía es que, cuando me retire y deje de cantar, la gente me recuerde como a un grande.

LA NUEVA DEL INTERIOR – Cecilia Scalisi – septiembre 2007