Marcelo Álvarez, un tenor con voz propia

Por Ernesto Castagnino

Marcelo Álvarez está feliz de volver a su país y cantar en el Teatro Colón. Lo transmiten su voz, su risa contagiosa y el entusiasmo al responder a las preguntas acerca de su trabajo. A medida que avanza la entrevista, la tonada cordobesa se impone a las modulaciones italianas que inevitablemente se adquieren tras veinte años de estar radicado en ese país.

Fue en su Córdoba natal donde Álvarez comenzó sus estudios musicales como integrante de un coro infantil, pero fue sólo en los primeros años de la década de 1990 cuando descubrió su verdadera vocación,empezó a estudiar canto lírico y ganó algunos concursos. Como los inicios de muchas carreras brillantes, la de Álvarez también implicó mucho esfuerzo –mientras trabajaba con su padre, viajaba cada fin de semana a Buenos Aires para tomar clases de canto–; apuestas fuertes –en 1995, sin ningún otro reaseguro que su deseo de ganarse un lugar, vendió la empresa familiar y se instaló con su esposa en Italia–; muchas alegrías –“he llegado mucho más lejos de lo que soñaba”, dirá emocionado– y algún que otro desengaño, como su ausencia de los escenarios argentinos durante tanto tiempo.

Luego de unos cuantos años se produce su vuelta al Teatro Colón. ¿Cómo vive este momento?

¡Con gran alegría! Imagínese que yo canté por última vez en 1997 en el Teatro Colón. Después hubo propuestas, pero nunca llegaron a concretarse. Eso me desalentaba un poco, hasta que se dio la oportunidad, con esta nueva dirección, de tener una relación, nos vinculamos y tuvimos una buena recepción. Ya sé que el año próximo vuelvo y estamos conversando para próximas temporadas. La sensación es que vuelvo a mi teatro, un teatro en el que no canto hace muchísimos años, pero tener dos o tres producciones en programa para los próximos tres años es para mí una gran alegría.

¿Qué fue lo que lo atrapó del mundo de la ópera para despertar su vocación?

Me acuerdo cuando me propusieron cantar ópera y yo dije: “¡Pero no tengo idea!”. Creo que fue un movimiento interno. En algún momento hubo un “clic” y dije “es eso”. Cuando me metí en este mundo y empecé a escuchar a Domingo, a Pavarotti, pasó algo adentro mío y pensé: “Esto es maravilloso y yo quiero hacerlo”. Entonces me metí de cabeza. Fue algo que me llamó desde lo más interno de mi ser. Más allá de los sacrificios, lo difícil de esta profesión y lo que hay que resignar, al cantar en un escenario uno siente que todo eso valió la pena.

Hoy se especializa en los roles verdianos y puccinianos de tenor lírico y lírico spinto. ¿Cómo ha evolucionado su voz desde sus comienzos y hacia dónde se dirige?

Yo empecé como tenor lírico ligero. En mis comienzos en Italia cantaba Bellini y Donizetti, después vino la ópera francesa e hice todo lo que uno puede cantar en ese repertorio: Werther, Carmen, Fausto, Manon. Mientras tanto, poco a poco, fui agregando roles de Verdi hasta que en 2006 debuté el Manrico en Il trovatore y ahí ya me encaminé hacia el repertorio lírico spinto: Tosca, Turandot, Aida. Realmente no sé a dónde me va a llevar, imagínese que cuando empecé me decían que yo podía cantar solamente Mozart y mire donde está hoy mi voz. No dejo de asombrarme, todo el tiempo hay algo para descubrir. Lo que me alegra es que los teatros siempre han acompañado mis cambios de repertorio, eso es lo más importante. Porque uno puede cambiar de repertorio, pero la cuestión es si a los teatros les interesa lo que uno tiene para ofrecer o lo consideran vendible en cuanto a entradas. Tuve la suerte de que siempre que hice un cambio, los principales teatros me han ofrecido sus salas para debutar un nuevo rol. Eso significa que al público le interesa: el público compra entradas para Marcelo Álvarez. La clave es cómo uno ofrece el producto y yo estoy muy orgulloso de haber empezado como lírico ligero y hoy, como lírico spinto, tengo contratos hasta 2020 con los grandes teatros del mundo. Estoy feliz y sé que lo hice con seriedad y con amor. Eso es lo que yo transmito a los jóvenes cuando doy clases magistrales, que hay que poner amor y sacrificio y estudiar. No elegir un repertorio porque se me da la gana, hay que ver si vas a poder comer. En mi caso, cuando decidí que cantaría Il trovatore en 2006 –recuerde que los cantantes líricos programamos un nuevo rol con cuatro años de anticipación–ya desde 2002 me lo empezaron a ofrecer todos los teatros. Ésa es mi alegría, que los teatros crean en mí a futuro.

Más allá de que en este repertorio se sienta cómodo, ¿hay algún rol o compositor que aún no haya cantado y le gustaría cantar?

Hice de todo. Imagínese que llegué a Italia pensando que iba a cantar en un coro, así que superé todo lo que imaginaba que podía hacer. Lo único que quisiera hacer en un futuro es algo de Wagner. Tal vez dentro de cuatro o cinco años –no sé si podré, por el tiempo de preparación y estudio que implica–, pero me gustaría hacer alguna vez el repertorio alemán. Aunque más no sea por mis queridos seguidores de lengua alemana.

¿Qué relación tiene con Mario Cavaradossi, que ha cantado varias veces, y desde qué aspecto se aproxima al personaje?

Realmente lo abordo desde lo humano. Siempre se dice que es un rol heroico, pero creo que de heroico no tiene nada. Fíjese, todo le sale mal. A su amigo Angelotti terminan matándolo, su amada lo traiciona revelando el escondite, todo le sale al revés. La música de Cavaradossi es una música que crece (canta los comienzos de algunas frases), siempre hace subidas y bajadas, porque él es un artista. Es cierto que también está comprometido políticamente, pero sobre todo es un artista. Otra cosa es en el final: muchos sostienen que él sabe que va a morir, pero mi Cavaradossi cree, porque él ama a Floria Tosca y quisiera estar una vez más con ella. Eso es lo que más me conmueve de este rol. Son tantas las ganas que tiene de estar con ella –como pasa en la vida, que a uno le dicen “mirá que no te quiere”, pero si ella te da una pequeña ilusión ¡uno se tira de cabeza! (risas)– que, aunque Cavaradossi sepa que Scarpia no le va a dar la posibilidad, que esa carta es mentira, es tan grande el deseo de estar con ella y su necesidad de creer –ingenua tal vez, pero muy humana– que no pierde la esperanza. Siempre se lo canta en forma vehemente, pero salvo “La vita mi costasse, vi salverò!” para mí no tiene nada de vehemente.

Y luego, en los ensayos se produce el encuentro entre su mirada del personaje y las que tienen el director musical y el régisseur. ¿Cómo vive ese encuentro de perspectivas diferentes, que a veces incluso pueden ser contrapuestas?

Es un momento en el que los cantantes estamos peleando para ser valorados. Desde hace un tiempo la balanza se inclina claramente hacia el régisseur, ymuchas veces se hace difícil proponer algo. Se confía la dirección escénica a artistas que vienen del cine o del teatro de prosa, geniales artistas en lo suyo, pero se trata de géneros diferentes. Por ejemplo, no se puede poner al cantante a cantar en posiciones que vayan en contra de la musculatura que se necesita para alcanzar una nota aguda o ubicarlo en el fondo del escenario cuando la orquesta suena fuerte. Pero la gente hoy está comprando nuevamente las entradas por los cantantes y los teatros están volviendo a llamar a los cantantes importantes. Creo que hoy tenemos que hacer una comunión nuevamente, no como era al principio, cuando el cantante era el divo y hacía lo que quería, sino una comunión entre el cantante, el régisseur y el director musical. No es fácil. Hoy a veces te piden hacer cosas directamente opuestas a lo que dice el texto.

También tiene relación con otros géneros, como el tango, al que ha dedicado grabaciones y conciertos.

Con el tango fue algo maravilloso porque sinceramente no lo conocía en profundidad. Escuchaba a Rubén Juárez, mi padre lo cantaba, pero yo no. Al empezar este proyecto con Gardel me acerqué a la historia del tango y comencé a escuchar otros cantantes. Hoy, curiosamente, después de tanto tiempo de ese proyecto –fue en 2000–,estoy haciendo conciertos de tango en Rusia, Estados Unidos, los países árabes… Disfruto mucho de llevar nuestra música junto a la orquesta de Mariano Speranza, que me acompaña en esos conciertos. Es realmente muy lindo acercar nuestra música a países tan lejanos.

¿Y qué música disfruta escuchar en sus momentos de ocio?

¡De los ochenta! (risas) Hasta que empecé a escuchar ópera en 1992, sólo escuchaba pop y rock, me encantaba ir a bailar y cantar esas canciones. Luego me enamoré de la ópera y todo eso quedó en segundo plano. Pero cuando estoy en mi auto y tengo un largo viaje, pongo música de los años ochenta y noventa. Con mi hijo siempre escuchamos los nuevos hits, estoy interesado en todo lo que sucede en la música.

Mencionaba a su hijo.¿Cómo es el día de un cantante lírico de carrera internacional como la suya?

Sinceramente, es duro. Cuando me instalo por un tiempo prolongado en un lugar, entre las funciones salgo a caminar, a comer, a pasear con mi hijo. Pero en invierno, estoy encerrado. Es el sacrificio del cantante: uno se enferma y no cobra, no somos como el jugador de fútbol que tiene un club atrás y si se quebró la pierna le siguen pagando mientras se recupera. Nosotros tenemos que hacer todo solos, no tenemos sindicato; entonces, si me enfermo no tengo nadie que me cubra, tengo que cuidarme mucho. Por eso se dice que “el cantante del teatro a la casa y de la casa al teatro”. Podés vivir en una casa de lujo, pero encerrado.

Por eso los afectos son más importantes que nunca…

¡Sí, cómo no! Los afectos te potencian, las alegrías de lo que pasa en tu familia y saber que están bien, entonces vale la pena el sacrificio. Siempre digo que el cantar es un sacerdocio: el cantante sale solamente para hacer la prédica y en ese momento tiene que salir con el corazón para la gente vuelva con ganas a esa misa. Nuestro trabajo es que la gente se vaya alegre, que se olvide un rato de sus problemas. Ése es mi objetivo cada vez que canto.

¿Hay algún rol donde no se haya sentido del todo cómodo o que haya decidido no volver a cantar?

No he sido un improvisado, esto quiero subrayarlo porque pasa como en el fútbol. Allí todos somos directores técnicos (risas) y en este ámbito todos somos expertos en voces. Cuando hice cambios de repertorio, más allá de que a la gente le pareciera loco –también a Mario Del Monaco, cuando pasó de L’elisir d’amore al repertorio spinto, le dijeron que estaba loco–, sabía lo que hacía. Tengo tres médicos que me acompañan desde el comienzo de mi carrera y cada cambio que hice se dio porque veíamos con ellos cómo las cuerdas vocales sufrían o no estaban bien de acuerdo con el repertorio. Por ejemplo, hasta 2004 yo cantaba Lucia di Lammermoor y “estiraba” ese repertorio, no quería cambiar todavía, pero el aparato fonador me lo pedía, tenía mis cuerdas vocales totalmente irritadas, estaban sufriendo porque tensaba de más. Al cambiar de repertorio, las cuerdas volvieron a estar saludables, hasta ahora… ¡toco madera! (risas). Hoy, después de 120 Toscas, 110 Trovatores, 60 Andrea Chénier, Aida, Gioconda, tengo la voz como un joven. Eso es porque hice el cambio en el momento justo.

Porque la voz evoluciona…

¡Exactamente! El problema más grande es acompañar la evolución porque hay que volver a estudiar: ¡Hay que empezar da capo! Es un poco torturante porque uno estaba cómodo y tiene que arrancar de nuevo, igual que cuando uno se lesiona el músculo de la pierna, hay que rehabilitar, empezar a caminar de a poco, acostumbrarse. En fin, gracias a Dios, los médicos me dijeron que este es el último cambio que hago… ¡hice cuatro ya! (risas) Más allá de la broma,estoy muy feliz con todos mis cambios, y puedo decir que soy uno de los pocos en el mundo que hizo todo el repertorio: empecé con I Puritani y haré Otello en 2018. No hay tantos en el mundo que hayan hecho esto. Entonces estoy feliz y ¿sabe qué es lo más lindo? Lo hice con mi voz. Podría haberla agrandado, haberla oscurecido, pero no, yo siempre canté con mi voz.

Cuéntenos algo de sus próximos proyectos artísticos.

Debuto este año Manon Lescaut con Anna Netrebko e Il Tabarro en el Metropolitan y también cantaré Tosca en la Ópera de París. Después Viena, España. Y esperemos que puedan concretarse los proyectos para el año próximo en Argentina. Me pone feliz hacer aquí lo que estoy haciendo en el mundo. No quisiera volver a mi país cuando esté viejo y no esté cantando en el exterior, ¡no! Quisiera venir estos años en los que estoy en auge en todos los teatros del mundo, porque creo que voy a ser una motivación para otros cantantes, y hay un semillero de cantantes en el país.Siempre les digo a los jóvenes que crean en sí mismos y que, más que los comentarios, escuchen su propia intuición ysus ganas de cantar.

 

Publicado originalmente en Revista Teatro Colón N° 124

 

Marcelo Álvarez, un tenor con voz propia – Teatro Colón – 2016